¿Qué es la literatura infantil?
Ante esta pregunta, ciertamente damos por hecho que la L.I. existe y tiene vida propia, separada de la literatura a secas y que convoca a un universo variopinto que recoge tanto tradiciones orales como poesía, leyendas, teatro, cuento, etc. Sin embargo, de este mismo universo debemos diferenciar literatura infantil respecto de libros infantiles, que si bien son una parte del todo, generalmente corresponden a textos de aprendizaje, tebeos y misceláneos de juegos.
La L.I. es la encargada de abrir los mundos de la fantasía, de la naturaleza, los mundos interiores o los mundos infinitos, pero ante todo es arte en sí, y no un mero escrito que pretende enseñar, informar o sermonear; "la literatura infantil es ante todo creación artística" (Rosell, s.f).
Si bien el concepto de L.I. abarca mucho y es impreciso, ya que puede tomar múltiples formas como diálogos, versos, comic, etc., sigue constituyendo una forma de interpretación de la realidad, (Bodoc, 2010). dice -Es extraño que- " podamos pensarla, amarla y defenderla sin que podamos, en cambio, definirla categóricamente. Y, menos aún, separarla con claridad de “la otra literatura”".
Tradicionalmente el mundo del estudio de la LI. ha estado vinculado a universidades y por ende de la educación, pero cada vez se han añadido más investigadores desde otros ámbitos, como son la bibliotecología, pedagogía, traducción, docencia de pos-títulos e incluso a nivel gubernamental existe conciencia de la importancia de este tema no sólo para la educación, sino para elaborar políticas públicas que mejoren lo que se está haciendo, y no sólo para servir a propósitos utilitarios Esto no sólo pasa en Chile, en toda América y Europa ha habido un nuevo interés en la investigación, en la publicación, traducción e ilustración de textos literarios infantiles de calidad.
La L.I. no siempre surgió desde el arte legítimo, por lo que se ha cuestionado su autenticidad y hasta el día de hoy sigue acosada por intenciones formativas, exhortaciones o intereses comerciales. Todavía deberá bregar mucho más.
Mi conocimiento de la literatura (a secas), comenzó con los hermanos Grimm, se nutrió de Las mil y una noches y continuó con el entrañable Papelucho o Mujercitas. Que mundos maravillosos conocí, tantos pueblos que visité, vi cómo distintas culturas y pueblos tienen una cosmovisión parecida respecto de hechos de la naturaleza o los animales.
Ahora todos todos los textos que leí, toman un mayor sentido, (a la luz de las lecturas de Joel Franz Rosell, Liliana Bodoc y otros) constituyen mundos en sí mismos, de los que yo lector no sólo visité, si no que me adueñe. Ellos conmovieron y transformaron mi mundo y la manera en que lo percibo. Muchos años han pasado, pero no olvido la magia de tener un libro nuevo en las manos, ahora a través de mi hija sigo recreando nuevos mundos y descubriendo nuevos autores.
Referencias Bibliográficas
Bodoc, L. (2010). La literatura como discurso artístico. En Congreso Iberoamericano
de Lengua y Literatura Infantil y Juvenil, Santiago, 24 al 28 de febrero de 2010. Recuperado de http://webcurso.uc.cl/access/meleteDocs/content/private/meleteDocs/UCV-LIJ-04/uploads/Actas%20Cilelij%202.pdf
Lluch, G. (2010). Panorama de la investigación de la LIJ en Iberoamérica.. En Congreso Iberoamericano de Lengua y Literatura Infantil y Juvenil, Santiago, 24 al 28 de febrero de 2010. Recuperado de http://webcurso.uc.cl/access/meleteDocs/content/private/meleteDocs/UCV-LIJ-04/uploads/Actas%20Cilelij%201.pdf
Rosell, J. F. (s.f.). ¿Qué es la literatura infantil? Un poco de leña al fuego. Recuperado de http://webcurso.uc.cl/access/meleteDocs/content/private/meleteDocs/UCV-LIJ-04/uploads/rosell.pdf
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lunes, 12 de agosto de 2013
sábado, 3 de agosto de 2013
Los hermanos Grimm
Uno de los regalos mas apreciados de mi infancia fue el texto Cuentos completos de los hermanos Grimm (Labor, 1967), libro que hasta el día de hoy conservo y atesoro, cuando no sabía leer, mis padres me leían y luego cuando, aprendí a leer, lo hice infinitas veces, maravillándome de que no sólo existen las hadas y gnomos, también existen ondinas, fámulos, hilanderas y hasta lechugas prodigiosas.
En sus cuentos los hermanos Grimm recrearon la tradición oral del pueblo y restablecieron sus modos expresivos, pero manteniendo la originalidad y encanto de la lengua popular.
A continuación les dejo una muestra de su originalidad:
La luna
En tiempos muy lejanos hubo un país en que por la noche estaba siempre oscuro, y el cielo se extendía como una sábana negra, pues jamás salía la luna ni brillaban estrellas en el firmamento.
De aquel país salieron un día cuatro mozos a correr mundo, y llegaron a unas tierras en que al anochecer, en cuanto el sol se ocultaba detrás de las montañas, aparecía sobre un roble una esfera luminosa que esparcía a gran distancia una luz clara y suave: aun cuando no era brillante como la del sol, permitía ver y muy bien los objetos. Los forasteros se detuvieron a contemplarla y preguntaron a un campesino, que acertaba a pasar por ahí en su carro, que clase de luz era aquella.
-Es la luna-, respondió el hombre-. Nuestro alcalde la compró por tres escudos y la sujetó a la copa del roble. Hay que ponerle aceite todos los días y mantenerla limpia para que arda claramente. Para ello le pagamos un escudo a la semana.
Cuando el campesino se hubo marchado, dijo uno de los mozos:
-Esta lámpara nos prestaría un gran servicio; en nuestra tierra tenemos un roble tan alto como éste; podríamos colgarla de él. ¡Qué ventaja, no tener que andar a tientas por la noche!
-¿Sabéis qué?- dijo el segundo-. Iremos a buscar un carro y un caballo, y nos llevaremos la luna. Aquí podrán comprar otra.
-Yo sé subirme a los árboles- intervino el tercero-. Subiré a descolgarla.
El cuarto fue a buscar el carro y el caballo, y el tercero trepó a la copa del roble, abrió un agujero en la luna, pasó una cuerda a su través y la bajó. Cuando ya tuvieron en el carro la brillante bola, la cubrieron con una manta para que nadie se diese cuenta del robo, y de este modo la transportaron, sin contratiempo, a su tierra, donde la colgaron de un alto roble. Viejos y jóvenes sintieron un gran contento cuando vieron la nueva luminaria esparcir su luz por los campos y llenar sus habitaciones y aposentos. Los enanos salieron de sus cuevas, y los duendecillos, en sus rojas chaquetitas, bailaron en corro por los prados.
Los cuatro se encargaron de poner aceite en la luna y de mantener limpio el pabilo, y por ello les pagaban un escudo semanal. Pero envejecieron, y cuando uno de ellos enfermó y previó la proximidad de la muerte, dispuso que depositasen en su tumba, al enterrarlo, la cuarta parte de la luna, de la que era propietario. Cuando hubo muerto, subió el alcalde al roble y, con las tijeras de jardinero, cortó un cuadrante, que fue colocado en el féretro. La luz del astro quedó debilitada, aunque poco. Pero a la muerte del segundo hubo de cortar otro cuarto, con la consiguiente mengua dela luz. Más tenue quedó aún después del fallecimiento del tercero, que se llevó también su parte; y cuando llegó la última hora del cuarto, las tinieblas volvieron a reinar en el país. La gente que salía por la noche sin linterna, se daba de cabezadas, y todo eran choques y trompazos.
Pero al unirse, en el mundo subterráneo, los cuatro cuadrantes de la luna e iluminar el reino de las eternas tinieblas, los muertos comenzaron a agitarse y a despertar del último sueño. Extrañáronse al sentir que veían de nuevo; la luz de la luna les bastaba, pues sus ojos se habían debilitado tanto que no habrían podido resistir el resplandor del sol. Levantáronse de sus tumbas y, alegres reanudaron su antiguo modo de vida: los unos se fueron al juego o al baile; los otros corrieron a las tabernas, donde se emborracharon, alborotaron y riñeron, acabando por sacar las estacas y zurrarse de lo lindo mutuamente. El ruido era cada vez más estruendoso, y acabó dejándose oír en el cielo.
San Pedro, celador de la puerta del Paraíso, creyó que el mundo de abajo se había sublevado, y corrió a concentrar a las celestiales huestes para rechazar al enemigo, caso de que el demonio, al frente de los suyos, intentara invadir la mansión de los justos. Pero viendo que no llegaban, montó en su caballo y se dirigió al mundo subterráneo. Allí aquietó a los muertos y los hizo volver a las sepulturas; luego se llevó la luna y la colgó en lo alto del firmamento.
En sus cuentos los hermanos Grimm recrearon la tradición oral del pueblo y restablecieron sus modos expresivos, pero manteniendo la originalidad y encanto de la lengua popular.
A continuación les dejo una muestra de su originalidad:
La luna
En tiempos muy lejanos hubo un país en que por la noche estaba siempre oscuro, y el cielo se extendía como una sábana negra, pues jamás salía la luna ni brillaban estrellas en el firmamento.
De aquel país salieron un día cuatro mozos a correr mundo, y llegaron a unas tierras en que al anochecer, en cuanto el sol se ocultaba detrás de las montañas, aparecía sobre un roble una esfera luminosa que esparcía a gran distancia una luz clara y suave: aun cuando no era brillante como la del sol, permitía ver y muy bien los objetos. Los forasteros se detuvieron a contemplarla y preguntaron a un campesino, que acertaba a pasar por ahí en su carro, que clase de luz era aquella.
-Es la luna-, respondió el hombre-. Nuestro alcalde la compró por tres escudos y la sujetó a la copa del roble. Hay que ponerle aceite todos los días y mantenerla limpia para que arda claramente. Para ello le pagamos un escudo a la semana.
Cuando el campesino se hubo marchado, dijo uno de los mozos:
-Esta lámpara nos prestaría un gran servicio; en nuestra tierra tenemos un roble tan alto como éste; podríamos colgarla de él. ¡Qué ventaja, no tener que andar a tientas por la noche!
-¿Sabéis qué?- dijo el segundo-. Iremos a buscar un carro y un caballo, y nos llevaremos la luna. Aquí podrán comprar otra.
-Yo sé subirme a los árboles- intervino el tercero-. Subiré a descolgarla.
El cuarto fue a buscar el carro y el caballo, y el tercero trepó a la copa del roble, abrió un agujero en la luna, pasó una cuerda a su través y la bajó. Cuando ya tuvieron en el carro la brillante bola, la cubrieron con una manta para que nadie se diese cuenta del robo, y de este modo la transportaron, sin contratiempo, a su tierra, donde la colgaron de un alto roble. Viejos y jóvenes sintieron un gran contento cuando vieron la nueva luminaria esparcir su luz por los campos y llenar sus habitaciones y aposentos. Los enanos salieron de sus cuevas, y los duendecillos, en sus rojas chaquetitas, bailaron en corro por los prados.
Los cuatro se encargaron de poner aceite en la luna y de mantener limpio el pabilo, y por ello les pagaban un escudo semanal. Pero envejecieron, y cuando uno de ellos enfermó y previó la proximidad de la muerte, dispuso que depositasen en su tumba, al enterrarlo, la cuarta parte de la luna, de la que era propietario. Cuando hubo muerto, subió el alcalde al roble y, con las tijeras de jardinero, cortó un cuadrante, que fue colocado en el féretro. La luz del astro quedó debilitada, aunque poco. Pero a la muerte del segundo hubo de cortar otro cuarto, con la consiguiente mengua dela luz. Más tenue quedó aún después del fallecimiento del tercero, que se llevó también su parte; y cuando llegó la última hora del cuarto, las tinieblas volvieron a reinar en el país. La gente que salía por la noche sin linterna, se daba de cabezadas, y todo eran choques y trompazos.
Pero al unirse, en el mundo subterráneo, los cuatro cuadrantes de la luna e iluminar el reino de las eternas tinieblas, los muertos comenzaron a agitarse y a despertar del último sueño. Extrañáronse al sentir que veían de nuevo; la luz de la luna les bastaba, pues sus ojos se habían debilitado tanto que no habrían podido resistir el resplandor del sol. Levantáronse de sus tumbas y, alegres reanudaron su antiguo modo de vida: los unos se fueron al juego o al baile; los otros corrieron a las tabernas, donde se emborracharon, alborotaron y riñeron, acabando por sacar las estacas y zurrarse de lo lindo mutuamente. El ruido era cada vez más estruendoso, y acabó dejándose oír en el cielo.
San Pedro, celador de la puerta del Paraíso, creyó que el mundo de abajo se había sublevado, y corrió a concentrar a las celestiales huestes para rechazar al enemigo, caso de que el demonio, al frente de los suyos, intentara invadir la mansión de los justos. Pero viendo que no llegaban, montó en su caballo y se dirigió al mundo subterráneo. Allí aquietó a los muertos y los hizo volver a las sepulturas; luego se llevó la luna y la colgó en lo alto del firmamento.
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