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lunes, 12 de agosto de 2013

¿Qué es la literatura infantil?

      Ante esta pregunta, ciertamente damos por hecho que la L.I.  existe y tiene vida propia, separada de la literatura a secas y que convoca a un universo variopinto que recoge tanto tradiciones orales como poesía, leyendas, teatro,  cuento, etc.     Sin embargo, de este mismo universo debemos diferenciar literatura infantil  respecto de libros infantiles,  que si  bien son una parte del todo, generalmente corresponden a textos de aprendizaje, tebeos y misceláneos de juegos.

      La L.I.   es la encargada de  abrir los mundos de la fantasía, de la naturaleza, los mundos interiores o los mundos infinitos, pero ante todo es arte en sí,   y no un mero escrito que pretende enseñar, informar o sermonear; "la literatura infantil es ante todo creación  artística" (Rosell, s.f).
     
     Si bien el concepto de L.I. abarca mucho  y es impreciso, ya que puede tomar  múltiples formas como diálogos, versos, comic, etc., sigue constituyendo una forma de interpretación de la realidad,  (Bodoc, 2010).  dice  -Es extraño que- " podamos pensarla, amarla y  defenderla sin que podamos, en cambio, definirla  categóricamente. Y, menos  aún, separarla con claridad de “la otra literatura”".

     Tradicionalmente  el mundo  del estudio de la LI.  ha estado vinculado a universidades y por ende  de la educación,  pero cada vez  se han   añadido  más investigadores desde otros ámbitos,  como son la bibliotecología,  pedagogía, traducción, docencia de pos-títulos e incluso  a nivel gubernamental existe conciencia de la importancia de este tema   no  sólo para la educación, sino  para elaborar políticas públicas que mejoren   lo que se está haciendo,  y no sólo para  servir  a propósitos utilitarios  Esto no sólo pasa  en Chile, en toda América y Europa ha habido un  nuevo  interés   en la investigación, en la publicación, traducción  e ilustración  de textos  literarios  infantiles de calidad.  

    La L.I.  no siempre surgió desde el arte legítimo, por lo que  se ha cuestionado su autenticidad y hasta el día de  hoy sigue acosada por intenciones formativas, exhortaciones o intereses comerciales.   Todavía deberá  bregar mucho más.

    Mi   conocimiento de la literatura (a secas),  comenzó con los hermanos Grimm, se nutrió de  Las mil y una noches y  continuó con  el entrañable Papelucho o  Mujercitas.       Que mundos maravillosos conocí, tantos pueblos que visité,  vi cómo distintas culturas y pueblos  tienen una cosmovisión parecida respecto de hechos de la naturaleza o los animales.
      Ahora   todos  todos los textos  que leí,  toman  un mayor sentido, (a la luz de las lecturas de Joel Franz Rosell,  Liliana Bodoc y otros)  constituyen mundos  en sí mismos,  de los que yo lector   no sólo visité, si no que  me adueñe.   Ellos  conmovieron  y transformaron  mi mundo y  la  manera en que lo percibo.       Muchos años han pasado, pero  no olvido  la magia de tener un libro nuevo en las manos,  ahora  a través de mi hija sigo recreando nuevos mundos y descubriendo nuevos autores.

Referencias Bibliográficas

Bodoc, L. (2010).  La literatura como discurso artístico. En  Congreso Iberoamericano
de Lengua y Literatura  Infantil y Juvenil, Santiago, 24 al 28 de febrero de 2010. Recuperado de http://webcurso.uc.cl/access/meleteDocs/content/private/meleteDocs/UCV-LIJ-04/uploads/Actas%20Cilelij%202.pdf

Lluch, G. (2010). Panorama de la investigación de la LIJ en Iberoamérica.. En Congreso Iberoamericano  de Lengua y Literatura  Infantil y Juvenil, Santiago, 24 al 28 de febrero de 2010. Recuperado de http://webcurso.uc.cl/access/meleteDocs/content/private/meleteDocs/UCV-LIJ-04/uploads/Actas%20Cilelij%201.pdf

Rosell, J. F. (s.f.).  ¿Qué es la literatura infantil?  Un poco de leña al fuego. Recuperado de  http://webcurso.uc.cl/access/meleteDocs/content/private/meleteDocs/UCV-LIJ-04/uploads/rosell.pdf

   


   

sábado, 3 de agosto de 2013

Los hermanos Grimm

        Uno de los regalos mas apreciados de mi infancia fue   el texto Cuentos completos de los hermanos Grimm (Labor, 1967),  libro que hasta el día de hoy conservo y atesoro,  cuando no sabía leer, mis padres me leían y luego  cuando,  aprendí a leer, lo hice infinitas veces, maravillándome  de  que no sólo existen las  hadas y gnomos,   también existen ondinas, fámulos,  hilanderas y hasta lechugas prodigiosas.
    En sus  cuentos los hermanos Grimm recrearon  la tradición oral del pueblo y restablecieron sus modos expresivos, pero manteniendo la originalidad y encanto de la lengua popular.  
     A continuación les dejo una   muestra de su originalidad:

                                                                La luna   

       En tiempos muy lejanos hubo un país en que por la noche estaba siempre oscuro, y el cielo se extendía como una sábana negra, pues jamás salía la luna ni brillaban estrellas en el firmamento.
       De aquel país salieron un día cuatro mozos a correr mundo, y llegaron a unas tierras en que al anochecer, en cuanto el sol se ocultaba detrás de  las montañas, aparecía sobre un roble una esfera luminosa que esparcía a gran distancia una luz clara y suave: aun  cuando no era brillante como la del sol, permitía ver y  muy bien los objetos.  Los forasteros  se detuvieron a contemplarla y preguntaron a un campesino, que acertaba a pasar por ahí en su carro, que clase de luz era aquella.
-Es la luna-, respondió el hombre-.  Nuestro alcalde la compró por tres escudos y la sujetó a la copa del roble.  Hay que ponerle aceite todos los días y mantenerla limpia para que arda claramente.  Para ello le pagamos un escudo a la semana.
     Cuando el campesino se hubo marchado, dijo uno de los mozos:
     -Esta lámpara nos prestaría un gran servicio; en nuestra tierra tenemos un roble tan alto como éste; podríamos colgarla de él.   ¡Qué ventaja, no tener que andar a tientas por la noche!
     -¿Sabéis qué?- dijo el segundo-.   Iremos a buscar un carro y un caballo, y nos llevaremos la luna. Aquí podrán comprar otra.
     -Yo sé subirme a los árboles- intervino el tercero-.   Subiré a descolgarla.
     El cuarto fue a buscar el carro y el caballo, y el tercero trepó a la copa del roble, abrió un agujero en la luna, pasó una cuerda a su  través y la bajó.   Cuando ya tuvieron en el carro la brillante bola, la cubrieron  con una manta para que nadie se diese cuenta del robo, y de este modo la transportaron, sin contratiempo, a su tierra, donde la colgaron de un alto roble.    Viejos y jóvenes sintieron un gran contento cuando vieron la  nueva luminaria esparcir su luz por los campos y llenar sus habitaciones y aposentos.   Los enanos salieron de  sus  cuevas,  y los duendecillos, en sus rojas chaquetitas, bailaron  en corro por los prados.
    Los cuatro se encargaron de poner aceite en la luna y de mantener limpio el pabilo, y por ello les pagaban un escudo semanal.  Pero envejecieron, y cuando uno de ellos enfermó y previó la proximidad de la  muerte, dispuso que depositasen en su tumba, al enterrarlo, la cuarta parte de la luna, de la que era propietario. Cuando hubo muerto, subió el alcalde al roble y, con las tijeras de jardinero, cortó un cuadrante, que fue colocado en el féretro.   La luz del astro quedó debilitada, aunque poco.  Pero  a la  muerte del segundo hubo de cortar otro cuarto, con la  consiguiente mengua dela luz.  Más tenue quedó aún después del fallecimiento del tercero, que se llevó también su parte;  y cuando llegó la última hora del cuarto, las tinieblas volvieron a reinar en el país.   La gente que salía por la noche sin linterna, se daba de cabezadas, y todo eran choques y trompazos.
     Pero al unirse, en el mundo subterráneo, los cuatro cuadrantes de la luna e iluminar el reino de las eternas tinieblas, los muertos comenzaron a  agitarse y a despertar del  último sueño.  Extrañáronse al sentir  que veían de nuevo;  la luz de la luna les bastaba, pues  sus ojos se habían debilitado tanto que  no habrían podido resistir el resplandor del sol.   Levantáronse de sus tumbas y, alegres reanudaron su antiguo modo de vida: los unos se fueron al juego o al baile; los otros corrieron a las tabernas, donde se emborracharon, alborotaron y riñeron, acabando por  sacar las estacas y zurrarse de lo lindo mutuamente. El ruido era cada vez más estruendoso, y acabó dejándose oír en el cielo.
     San Pedro, celador de  la puerta del  Paraíso, creyó que el mundo de abajo se había sublevado, y corrió a concentrar a las celestiales huestes para rechazar al enemigo, caso de que el demonio, al frente de los suyos, intentara invadir la mansión de los justos. Pero viendo que no llegaban, montó en su caballo  y se dirigió  al mundo subterráneo.  Allí aquietó a los muertos y los hizo volver a las sepulturas; luego se llevó la luna y la colgó en lo alto del firmamento.